

Hay ríos que no salen en los mapas.
El mío suena cuando todo calla.
Traje un barrio en los tenis,
medio cielo en el morral; la puerta del primer recuerdo ya no
atiende al llamar. Doce lunas en otra orilla,
un plato tibio, una llave; aquí mi nombre tiene silla,
aquí la lluvia cabe.
Yo pongo a reír la mesa,
se me da cambiar el clima,
pero cuando el bajo muere vuelve a lloverme por encima.
La madrugada me conoce,
me saluda en cada esquina; yo persigo sus faroles,
ella me cobra los días.
En mi mesa hay una silla que no te pide cuentas,
una taza que te espera cuando el ruido cierra puertas.
Yo te acerco tierra buena,
tú traes lluvia en la canción; hay semillas en tus manos que
aún no han visto el sol.
Llevo un río debajo de los tenis,
y una orilla que me invita a respirar.
Hay un puesto guardado en la mesa
y un puente que yo empiezo a levantar.
Cuando aparece una cerca,
ya preparo el equipaje; mi pecho oye despedidas donde apenas hay un
margen. Pido una niebla prestada pa' borrarme del espejo; cuando el aire
queda limpio, pesa el doble lo de adentro.
Tengo un cuaderno lleno de alas y los horarios dormidos; me sale
el cielo en la rima,
se me enredan los caminos.
A veces dejo mi timón en las manos que me abrigan; yo
mirando las estrellas, ellas remando mi vida.
Las barandas de este puente también cuidan tu camino; esta mesa guarda
el puesto aunque cambie el recorrido.
Te dejo cerca la lámpara y madera junto al agua: hay un
remo entre tus manos,
va naciendo mientras cantas.
Quiero aprenderme la mañana,
darle cuerda a mis horarios; que también mis manos cuiden lo que
tanto me ha cuidado.
Si me tiembla el primer paso,
voy más lento, sigo andando; con el río entre los tenis y
mi nombre entre los labios.
Llevo un río debajo de los tenis,
y una orilla que me invita a respirar.
Hay un puesto guardado en la mesa
y un puente que yo empiezo a levantar.
Tu lugar
sigue en la mesa.
Y mi mano,
en el timón.