

Hay palabras que no nacen del pensamiento,
nacen cuando tu mirada toca mi voz.
Hay silencios que se vuelven firmamento,
cuando tu alma se aproxima a mi interior.
Te encontré donde la noche no termina,
donde el mar guarda secretos de los dos,
y en tus ojos comprendí que la vida
puede arder sin perder su resplandor.
No eres sueño, eres destino,
no eres sombra, eres verdad.
Cuando llegas, mi camino
vuelve a empezar.
Como luz de luna,
te quedas en mi piel,
suave, eterna, pura, volviéndome a creer.
Como luz de luna,
me enseñas a amar,
aunque el mundo se apague,
tú vuelves a brillar.
Cien latidos fueron poco para nombrarte,
cien poemas no alcanzaron mi pasión.
Cada verso quiso apenas abrazarte,
pero tú eras más profunda que mi canción.
No te amo sólo en fuego ni en deseo,
te amo en calma,
en memoria y claridad;
en la ausencia donde aún te siento cerca,
en la forma en que me vuelves eternidad.
No eres tiempo, eres latido,
no eres distancia, eres hogar.
Si te nombro en mi silencio,
vuelvo a respirar.
Y si el último verso se disuelve,
si la noche nos cubre al final,
quedará lo que el alma no pierde: tu manera de ser inmortal.
Como luz de luna,
mi amor te seguirá,
más allá del tiempo,
más allá del mar.
Como luz de luna,
mi alma aprendió a quedarse,
porque hay amores que se dicen… y otros que no dejan de
alumbrarse.
Como luz de luna… permanente.